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América Latina reniega de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos

(Una versión de este texto fue publicado por El Diario de las Américas el 27/03/2014)


La última esperanza de Gustavo Petro, el alcalde de Bogotá recientemente destituido de su cargo, se llama Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Este organismo autónomo, adscrito a la Organización de Estados Americanos (OEA), cimentó su prestigio durante las dictaduras militares de los años 70 y 80 en Argentina, Brasil, Uruguay o Chile. Y también por su papel en los conflictos centroamericanos, documentando y denunciando numerosas matanzas de campesinos y comunidades indígenas.

Ahora, la mayoría de países de América Latina no quiere lecciones en materia de derechos humanos. La destitución de Petro (un ex guerrillero del M19) y su inhabilitación política a cargo públicos para los próximos 15 años fue aprobada la semana pasada por el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. 

Para ello, Santos tuvo que pasar por encima de una medida cautelar otorgada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Esta institución de la OEA está compuesta por dos cuerpos legislativos: una Comisión que se encarga de estudiar todas los denuncias formuladas por personas o instituciones del continente y otorgar medidas cautelares; y una Corte (Corte IDH), la cual establece un fallo y medidas de protección si fuesen necesarias. 

Las sentencias son de carácter obligatorio e inapelables, pero en la realidad muchos estados miembros no acatan el dictamen, o simplemente lo ignoran. Normalmente, el proceso es lento y puede demorarse varios años, desde que la Comisión recibe y acepta la denuncia, hasta que la Corte emite un veredicto. En numerosos casos, la CIDH ha permitido la restitución de la justicia en ciudadanos latinoamericanos cuyos derechos habían sido violados.

Al igual que Colombia, Ecuador también mantiene fuertes discrepancias con la CIDH. El opositor Clever Jiménez y otros dos ecuatorianos condenados por injurias contra el presidente Rafael Correa también recibieron medidas cautelares de la CIDH. Pero su canciller, Roberto Patiño, aseguró que Ecuador no aceptaría el fallo de la Comisión hasta que la Corte no emitiera su dictamen definitivo.

Los más sonoros en sus críticas son los miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), a coalición izquierdista que lideran Venezuela y Cuba. Pero también gobiernos derechistas o más conservadores como los de Colombia, Perú y Brasil quieren desmontar un mecanismo que ha ganado prestigio e influencia en la protección de los derechos humanos en América Latina.

El fallecido presidente Hugo Chávez fue uno de sus mayores censores. En 2012, el líder bolivariano anunció que Venezuela se retiraría de la "inefable" Corte Interamericana de Derechos Humanos "por dignidad". También acusó al organismo de apoyar "al terrorismo en el nombre de los derechos humanos". La salida de Venezuela del Sistema Interamericano de Derechos Humanos nunca se materializó, pero ya existe un precedente en la región: el Perú del dictador Alberto Fujimori (1990-2000).

Las principales críticas contra la CIDH son muy diversas, aunque la mayoría de los gobiernos disparan contra la supuesta influencia de Estados Unidos en la OEA. También acusan a la institución de estar politizada, que sus resoluciones violan la soberanía de los Estados y que está en manos de funcionarios internacionales que se extralimitan en sus funciones. 

Lo que más preocupa a los funcionarios de la OEA es que Brasil, el país de mayor influencia en la región, se haya sumado a esta corriente crítica. La CIDH emitió una medida cautelar contra la construcción de una gran represa hidroeléctrica en el Amazonas por su posible impacto sobre algunas comunidades indígenas. En represalia, el Gobierno de Dilma Rousseff retiró a su embajador ante la OEA y suspendió el pago de sus cuotas durante varios meses. Desde entonces, Brasil vierte críticas moderadas contra la Comisión, y ha solicitado en varias ocasiones su reforma.

El irrestricto apoyo de Brasil a Venezuela en el Consejo Permanente de la OEA, donde se aprobó por 22 de los 32 votos que la intervención de la diputada opositora María Corina Machado fuera a puertas cerradas, es un síntoma de esta corriente. En juego está un sistema que ha denunciado y reprendido a distintos gobiernos de América Latina por violar los derechos humanos de sus ciudadanos durante los últimos 60 años.

'¿Guerra entre Venezuela y Colombia? ¡Si somos la misma vaina!'

Gladis Barrios hace puros en su casa / JL 
(Una versión de este texto fue publicada el 11/11/2009 en la página web del diario El Mundo) 

CÚCUTA (COLOMBIA) / SAN ANTONIO (VENEZUELA).--- “Lo nuestro sí es un matrimonio bien avenido. No como la relación que tienen Hugo Chávez y Álvaro Uribe”, explica Gladys Barrios, de 57 años, una colombiana que vive en la ciudad fronteriza de San Antonio de Táchira y está casada desde hace 21 años con un venezolano.
Barrios trabaja en su casa, haciendo puros que luego vende a una comercializadora local por 50 bolívares -18 euros al precio oficial, 8 en el mercado negro- el millar. Su marido, Luis Alfonso Espinosa, de 48 años, es camionero, pero lleva varios días sin trabajar por la crisis política que atraviesan los Gobiernos de Venezuela y Colombia.
"La situación está mal", comenta Espinosa, “un día se trabaja y otro no. Un día se está tranquilo y otro no. Un día cierran el puente (fronterizo), y al día siguiente todo funciona con normalidad”, explica este venezolano nacido en la capital del estado de Táchira, con siete hermanos colombianos y tres venezolanos.
“En mi familia unos nacieron en el lado venezolano y otros en el lado colombiano. Así es la vida en la frontera”, añade.
Una típica pareja de frontera
El matrimonio de Gladys y Luis Alfonso –ella colombiana y él venezolano- es lo más normal en las zonas limítrofes venezolanas, donde casi el 40% de la población es colombiana. Venezuela, que comparte cerca de 2.215 kilómetros con Colombia, es (junto a Ecuador) el país que más refugiados recibe de Colombia, fruto de un conflicto interno que ya dura cuatro décadas.
Según la agencia de refugiados, ACNUR, cerca de 200.000 colombianos viven en Venezuela en condición de refugiado, aunque este número habría que multiplicarlo por cuatro si se tiene en cuenta la gente que no pide este tipo de estatuto.
Gladys, por ejemplo, dejó su ciudad natal de Bucaramanga (oriente) a los nueve años, y desde entonces ha vivido en Venezuela: “Mi vida la he hecho aquí, yo soy casi más venezolana que colombiana, aquí todos somos hermanos, lo único que nos diferencia es el pasaporte ¿cómo nos vamos a pelear entre dos familias?”, se pregunta.

Seguridad fronteriza

La semana pasada, la Guardia Nacional de Venezuela (policía militarizada) cerró el puente Simón Bolívar, que une la localidad venezolana de San Antonio con la colombiana de Cúcuta, en dos ocasiones. Entre el martes y el miércoles, el paso estuvo cerrado tras la muerte de dos miembros de la Guardia Nacional a manos de pistoleros, en el sector de Palotal, en el estado venezolano de Táchira, mientras que el sábado por la mañana cientos de ‘pimpineros’ colombianos (contrabandistas de gasolina) causaron disturbios en la zona fronteriza por la muerte de uno de sus compañeros.
El Gobierno de Hugo Chávez también ha ordenado la movilización de entre 15.000 y 20.000 efectivos de la Guardia Nacional para incrementar la vigilancia en distintas zonas de la frontera.
El deterioro de las relaciones comerciales y diplomáticas entre Colombia y Venezuela pone en riesgo unos 170.000 empleos en la zona fronteriza, según estimaciones del presidente de la Asociación Nacional de Exportadores de Colombia (Analdex), Javier Díaz.
Sólo en octubre, las exportaciones de productos colombianos hacia Venezuela se desplomaron un 71%. Según el informe de la agencia aduanera de Colombia (DIAN), en octubre las exportaciones colombianas hacia Venezuela registraron 185 millones de dólares mientras en el mismo mes del 2008 habían sido de 640,6 millones.

La 'guerra de la gasolina'

(Una versión de este texto fue publicado el 07/08/2009 en el diario El Mundo) 


SAN ANTONIO (VENEZUELA) / CÚCUTA (COLOMBIA).-- A escasos metros del puente Simón Bolívar -el mayor paso fronterizo entre Venezuela y Colombia- nace un laberinto de trochas sin asfaltar que utiliza diariamente un ejército de contrabandistas para evitar los controles militares. Otro ejército, el venezolano, ha redoblado la vigilancia de esta zona desde hace una semana, cuando Hugo Chávez rompió relaciones con el vecino país.

«El Comandante [Chávez] mandó restringir el comercio con Colombia y estamos cumpliendo una orden», dice un capitán que patrulla con un Kalashnikov este sector conocido como La Muralla, donde viven muchos colombianos que se benefician del contrabando de gasolina.

En la región fronteriza del Táchira, por donde se moviliza el 70% del intercambio binacional, la crisis entre Venezuela y Colombia ha originado fuertes retrasos en el paso de vehículos y malestar entre la población que sufre en carne propia las consecuencias de los enfados presidenciales.

A las restricciones en el transporte de carga, se suman nuevos controles de la Guardia Nacional a vehículos particulares y motocicletas. Si los coches con matrícula colombiana sufren retenciones para cruzar el puente, los venezolanos sólo pueden pasar a Colombia con medio depósito de combustible.

El contrabando de oro negro en la frontera es un negocio tan lucrativo como el de armas o droga. La subvencionada gasolina venezolana cuesta 0,025 euros el litro, mientras que en los departamentos colombianos que lindan con Venezuela su precio es de 80 céntimos de euro.

«En este pueblo todos somos traficantes», admite un conductor de motocicletas que pide el anonimato. «Yo soy taxista, pero cuando hay poco trabajo hago de maletero, principalmente de gasolina y comida», dice al tiempo que señala los «caminos verdes» que utiliza para burlar los controles.

En estos días, las gasolineras venezolanas tienen, paradójicamente, menos trabajo que de costumbre: «Oficialmente sólo podemos llenar el tanque hasta la mitad, tres bolívares [casi un euro] por vehículo», dice un dispensador de una estación de servicio. 

El ingenio popular también consigue burlar estas limitaciones. Freddy Rozas, un colombiano con más de 15 años en el pueblo fronterizo de San Antonio, tenía hasta hace pocos meses un coche fantástico. No es que su Chevrolet Cavalier hablara, pero tenía un depósito con una capacidad para 250 litros. 

«Exactamente, tenía dos tanques pegados, es una modificación que muchos vecinos hacen para traficar con gasolina», cuenta entre risas. Su coche está retenido en un depósito de la Guardia Nacional, junto a otros vehículos confiscados.

El ministro de Energía, Rafael Ramírez, dijo a principios de esta semana que el Gobierno de Chávez está «revisando» el convenio de suministro de combustible a las zonas fronterizas de Colombia. Según estimaciones de la petrolera estatal de Venezuela, cada día cruzan ilegalmente 29.000 barriles de petróleo, que deja en el camino un jugoso negocio de 1,5 millones de euros.

La 'narcocultura', una tendencia latinoamericana



El realismo mágico era hasta hace pocas décadas la cara más conocida de Latinoamérica en el mundo. Pero en nuestros días, una nueva tendencia está conquistando las librerías, pantallas de televisión y espacios urbanísticos del continente: la 'narcocultura'.
Desde hace unos años todo lo narco se está reflejando en distintos aspectos de la sociedad latinoamericana; literatura, arquitectura, televisión y cine, etcétera, sobre todo en Colombia y México.
El ministerio de Defensa de México, por ejemplo, ha montado el primermuseo sobre la narcocultura –creado para instruir a policías y soldados movilizados en la guerra contra las drogas–, donde se exhiben móviles decorados con joyas y pistolas bañadas en oro con inscripciones nacionalistas. Todo un ejemplo de ostentación.
En Colombia, un grupo de telenovelas apuestan por la estética narco y cuenta la vida de estos mafiosos con mansiones barrocas, mujeres de bisturí y guardaespaldas violentos.
El Cartel de los sapos, inspirada en el libro que Andrés López escribió desde una prisión en Estados Unidos, es la más conocida. Esta serie de'narcotelevisión' cuenta la historia del legendario Cartel del Norte del Valle y ha convertido a su autor, el 'Florecita', en una celebridad latina.
Las muñecas de la mafia, Rosario Tijeras o El Capo, que narra la vida de Pablo Escobar, son las últimas producciones que han conquistado el corazón de los televidentes colombianos con la llamada estética narco.
La novela del narco o narcoliteratura cuenta con alguna obra de referencia. "Es el caso del escritor mexicano Yuri Herrera, ganador del premio 'Otras voces, otros ámbitos', por su novela 'Trabajos del Reino'; una joya literaria que en pocas páginas reflexiona sobre las peligrosas relaciones entre arte y crimen mediante la historia de un modesto compositor de narcocorridos", explica Caellas, que ha coordinado un dossier en la revista Quimera, que aborda las complejas relaciones de la narcocultura con la sociedad latinoamericana.
"En México ha nacido una industria de cine de serie B, que con muy poco presupuesto, llegó hasta las tiendas Wall-Mart de Nueva York, cerca de los puestos de comida rápida mexicana", agrega.
El compa nariz de a gramo, Traficantes de Michoacán, Me Chingaron los Gringos y Muerte en Tijuana son algunas de ellas.
El artista venezolano, Luis Molina-Pantin, que ha desarrollado distintas exposiciones sobre la 'narcoarquitectura' y sus contribuciones en Cali, Medellín y Bogotá, explica que este género de nuevo cuño nació como un popurrí de estilos (contemporáneos, orientales y occidentales, entre otros) con un denominador común: la ostentación de los narcotraficantes en las décadas de los 80 y 90.
"Muchos narcotraficantes requerían nuevos formatos para elaborar sus viviendas. A ellos les gustaba mezclar estilos romanos, griegos, precolombinos, entre otros. El resultado eran fachadas con poco gusto y mucho dinero", explica Molina-Pantin.
La arquitecta colombiana Adriana Cobo, que estudió la estructura de muchas mansiones construidas en los barrios de Cali y Medellín, explica en la revista Esfera Pública que el ornamento en las fachadas "pretenden reemplazar el poder de las instituciones que su dinero puede comprar, por lo que se construyen sobre la destrucción de la institución oficial".
"Son piezas importantes de nuestra historia reciente y evidencia de instituciones débiles y valores trastocados, y por lo tanto relevantes para un análisis formal y simbólico que concierne a la arquitectura de nuestras ciudades", opina Cobo. Algunas mansiones en los Barrios Bellavista o El Ingenio de Cali son su mejor exponente.
El sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, Bayardo Ramírez, explica que la 'narcocultura' es un término mal acuñado por su traducción del inglés, y que "habría que catalogarlo como una especie desubcultura, atractiva porque refleja la oportunidad de hacerse multimillonario en pocos años".
"En un continente con tanta pobreza, el lujo y los grandes zoológicos de los narcotraficantes pueden ser vistos con envidia, aunque sea con la torpeza de gastar el dinero de forma exagerada", explica.